El martes 4 de agosto el Consejo Superior de la Uner aceptó fondos provenientes de la minera “Bajo la Alumbrera”. En la reunión las opiniones estuvieron divididas, y se discutió sobre la legitimidad de los fondos.
Al no llegar a un consenso, la disputa se trasladó al plenario con un despacho en mayoría y uno en minoría.
El despacho de mayoría estuvo defendido por el consejo docente por Administración y por Jorge Gerard Secretario Económico Financiero de la universidad quienes sostienen que son fondos legales, aprobados por la ley de presupuesto y por lo tanto, establecidos de modo regular.
El despacho por minoría fue presentado en el plenario por la consejera docente de Trabajo Social Susana Cazzaniga, quien leyó un documento firmado por más de 150 docentes de distintas unidades académicas, donde se manifiesta que ‘la minería a cielo abierto produce contaminación ambiental, despilfarro de recursos vitales como el agua dulce en la región o energía eléctrica, y que ‘la empresa extranjera que saquea las riquezas de los argentinos (…) se lleva la mayor parte de las ganancias por la explotación del yacimiento’.
La votación Votos por la aceptación de los fondos:
15 Entre ellos:
Gerard, Muani (Decano de Ciencias Económicas), Friedrich, Osella (Decano de Ingeniería), Pepe (Decano de Ciencias de la Salud), Melchiori (Decana de Bromatología), Fernández (Decano de Administración), Pascuccielo (no docentes).
Votos por el rechazo de los fondos: 11 Entre ellos, Cazzaniga (docente Trabajo Social), Haddad, Méndez, Giaccaglia, Cristani, Daolio (graduada Trabajo Social), Bello.
El voto de los estudiantes:
Busmail: RECHAZO (Trabajo Social)
Canepa: RECHAZO (Ciencias de la Educación)
Castagnini: ACEPTACION (Alimentación)
Dorati: ACEPTACION (Bromatología)
Guitar: ACEPTACION (Administración)
Romero: RECHAZO (Ciencias Económicas)
martes, 11 de agosto de 2009
lunes, 10 de agosto de 2009
Comenzando a pensar.....:)¿?
miércoles, 5 de agosto de 2009
martes, 4 de agosto de 2009
Atget
El trabajo de Atget trasciende a su creador. Ha inventado la moderna fotografía.
Eugene Atget nació el 12 de febrero de 1857 en la ciudad francesa de Libourne. Si bien su instrucción fue escasa, supo compensarla con la lectura y a través de las amistades que a lo largo de su vida fue haciendo con artistas plásticos. Su vocación (o sus ganas, mejor dicho), se inclinaron hacia el arte: intentó ser actor y también pintor, con sendos y rotundos fracasos. Pero de algo tenía que ganarse la vida y sabiendo las necesidades que tenían los artistas de imágenes documentales para “inspirar” sus cuadros, adquirió una vieja y arruinada cámara de fuelle para placas 18 x 24 y salió a recorrer las calles de París buscando aquello que le encargaban.
Pero con esto no le alcanzaba para sobrevivir. Entonces amplió el espectro de sus clientes fotografiando pequeños negocios, frentes de edificios e interiores de hogares de gente adinerada.
Eugene Atget nació el 12 de febrero de 1857 en la ciudad francesa de Libourne. Si bien su instrucción fue escasa, supo compensarla con la lectura y a través de las amistades que a lo largo de su vida fue haciendo con artistas plásticos. Su vocación (o sus ganas, mejor dicho), se inclinaron hacia el arte: intentó ser actor y también pintor, con sendos y rotundos fracasos. Pero de algo tenía que ganarse la vida y sabiendo las necesidades que tenían los artistas de imágenes documentales para “inspirar” sus cuadros, adquirió una vieja y arruinada cámara de fuelle para placas 18 x 24 y salió a recorrer las calles de París buscando aquello que le encargaban.
Pero con esto no le alcanzaba para sobrevivir. Entonces amplió el espectro de sus clientes fotografiando pequeños negocios, frentes de edificios e interiores de hogares de gente adinerada.

En poco tiempo descubrió que estaba haciendo un inventario del París de fines del siglo XIX. Fue descubriendo lugares que nada tenían que ver con la actividad profesional que había emprendido. Vendedores ambulantes, rincones perdidos de los distintos barrios, terrazas de cafés y detalles arquitectónicos que poco a poco fue registrando con inteligencia.
Atget no tenía medio de locomoción alguno y para visitar a sus clientes caminaba con su pesada cámara a cuestas. Era un peatón muy observador, además de un excelente fotógrafo.
No es ningún descubrimiento decir que para conocer íntimamente una ciudad no hay otra forma que caminándola.
Si bien estos hallazgos fotográficos eran apreciados por muchos de sus amigos, para él no significaban demasiado. Cuando alguien le decía: “¡Qué buena fotografía!”, se limitaba a responder: “Tengo miles como esa”. Es más, cuando le proponían publicar alguna, se negaba a que apareciese su nombre.
Atget fotografió a lo largo de toda su vida, hasta el último día y, aparentemente, consideraba a su profesión, la de fotógrafo, como vergonzante y que él debía ejercerla por necesidad, para subsistir.
Seguramente este pensamiento nace del esfuerzo y la estrechez económica. Debía caminar diariamente muchas cuadras para obtener un cliente, realizar las tomas, revelar las placas en el baño de su casa y dejar el tema de las copias para su mujer, quien tenía una salud muy delicada y sufrió de diversas enfermedades prácticamente toda su vida.
Estaba, literalmente, harto de toda esta mecánica para ganar apenas cinco francos (una cifra muy pequeña), por cada trabajo.
Sus fotos no profesionales eran el escape a esa aplastante rutina, ya que elegía con entera libertad aquellos temas que lo atraían estéticamente.
Man Ray, quien era vecino suyo, fue el primero que lo descubrió, pero no pudo hacer nada para difundir su trabajo y sus condiciones de artista. Atget siempre le repetía lo mismo: “Son documentos, solamente documentos”.
La lista de pintores que le compraban fotos Atget era larguísima. Entre ellos se contaban Derain, Vlaminck, Utrillo y Braque. Pero ninguno apreció el arte del fotógrafo. Para ellos también eran documentos que recreaban con sus paletas.
En 1926 falleció su esposa, de la que estaba profundamente enamorado. De allí en más, ya no le quedaba nada que lo aferrase a la vida. Podríamos decir que se dejó morir el 4 de agosto de 1927. El médico que extendió el certificado de defunción no pudo determinar la causa. Sólo murió.
Un par de años antes, una escultora estadounidense, alumna de Man Ray, comenzó a interesarse por la fotografía. A través de su maestro, Berenice Abbot (tiempo después una muy importante fotógrafa), tuvo la oportunidad de tomarle a Atget el único retrato que de él tenemos. Tras su muerte, le compró al hermano de Atget unos diez mil negativos, quien no sabía muy bien para qué guardarlos y los dólares de la estadounidense le resultaron por demás atractivos.
De esta manera, accidental, prácticamente la totalidad de la obra de Atget (veintiocho años de registros de la vida cotidiana de París), llegó a los Estados Unidos.
La propia Berenice Abbot se encargó de realizar cientos de copias que se encuentran, como obras de arte, en muchos museos estadounidenses.
Eugene Atget es uno de los grandes nombres de la historia de la fotografía, aunque él no se enteró, o no quiso hacerlo.
En 1968 el MOMA de Nueva York adquiere 10.000 de sus negativos. ¿Son las fotografías de Atget meros documentos o es arte?
Atget no tenía medio de locomoción alguno y para visitar a sus clientes caminaba con su pesada cámara a cuestas. Era un peatón muy observador, además de un excelente fotógrafo.
No es ningún descubrimiento decir que para conocer íntimamente una ciudad no hay otra forma que caminándola.
Si bien estos hallazgos fotográficos eran apreciados por muchos de sus amigos, para él no significaban demasiado. Cuando alguien le decía: “¡Qué buena fotografía!”, se limitaba a responder: “Tengo miles como esa”. Es más, cuando le proponían publicar alguna, se negaba a que apareciese su nombre.
Atget fotografió a lo largo de toda su vida, hasta el último día y, aparentemente, consideraba a su profesión, la de fotógrafo, como vergonzante y que él debía ejercerla por necesidad, para subsistir.
Seguramente este pensamiento nace del esfuerzo y la estrechez económica. Debía caminar diariamente muchas cuadras para obtener un cliente, realizar las tomas, revelar las placas en el baño de su casa y dejar el tema de las copias para su mujer, quien tenía una salud muy delicada y sufrió de diversas enfermedades prácticamente toda su vida.
Estaba, literalmente, harto de toda esta mecánica para ganar apenas cinco francos (una cifra muy pequeña), por cada trabajo.
Sus fotos no profesionales eran el escape a esa aplastante rutina, ya que elegía con entera libertad aquellos temas que lo atraían estéticamente.
Man Ray, quien era vecino suyo, fue el primero que lo descubrió, pero no pudo hacer nada para difundir su trabajo y sus condiciones de artista. Atget siempre le repetía lo mismo: “Son documentos, solamente documentos”.
La lista de pintores que le compraban fotos Atget era larguísima. Entre ellos se contaban Derain, Vlaminck, Utrillo y Braque. Pero ninguno apreció el arte del fotógrafo. Para ellos también eran documentos que recreaban con sus paletas.
En 1926 falleció su esposa, de la que estaba profundamente enamorado. De allí en más, ya no le quedaba nada que lo aferrase a la vida. Podríamos decir que se dejó morir el 4 de agosto de 1927. El médico que extendió el certificado de defunción no pudo determinar la causa. Sólo murió.
Un par de años antes, una escultora estadounidense, alumna de Man Ray, comenzó a interesarse por la fotografía. A través de su maestro, Berenice Abbot (tiempo después una muy importante fotógrafa), tuvo la oportunidad de tomarle a Atget el único retrato que de él tenemos. Tras su muerte, le compró al hermano de Atget unos diez mil negativos, quien no sabía muy bien para qué guardarlos y los dólares de la estadounidense le resultaron por demás atractivos.
De esta manera, accidental, prácticamente la totalidad de la obra de Atget (veintiocho años de registros de la vida cotidiana de París), llegó a los Estados Unidos.
La propia Berenice Abbot se encargó de realizar cientos de copias que se encuentran, como obras de arte, en muchos museos estadounidenses.
Eugene Atget es uno de los grandes nombres de la historia de la fotografía, aunque él no se enteró, o no quiso hacerlo.
En 1968 el MOMA de Nueva York adquiere 10.000 de sus negativos. ¿Son las fotografías de Atget meros documentos o es arte?
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